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El fuego escondido (7 X 11)

 


El fuego escondido.

 

Buffy cerró la puerta despacio tras de sí.
Viniendo del piso de arriba, tan inundado de luz y de bulliciosas potenciales, entrar en el sótano le pareció sumergirse en un mundo diferente, como un útero acogedor y silencioso donde la penumbra y el frescor lo envolvían todo con una sensación que, incongruentemente quizá, ella asoció al terciopelo: oscuro, táctil, hermoso y suave. Quizás más que debida a la estancia, esa sensación era porque allí estaba él.


Sus ojos tardaron unos instantes en habituarse a la escasa luz, pero inmediatamente lo distinguió: acurrucado en un rincón, en posición casi fetal, sobre el viejo jergón que le servía de cama, descansaba junto a una manta revuelta con la que en algún momento se había tapado, pero que ahora era un garabato retorcido a su lado. La sensación de indefensión y fragilidad que transmitía en un primer momento se disolvió por completo con la sonrisa que le dedicó al verla entrar.

- Hola –saludó Buffy
- Hola. – Se movió despacio para extender las piernas. Con cierta dificultad se incorporó y quedó sentado sobre la cama. Seguro que porque no consideraba la anterior una postura adecuada para recibir la visita de una dama, pensó Buffy. La muchacha sonrió melancólicamente pero no dijo nada. A veces Spike tenía cosas así, sobre todo antes: podía decirte una barbaridad sin pestañear, lo más hiriente y obsceno que pudieras imaginar, y luego, a continuación, cederte el paso en una muestra de esa exquisita educación victoriana de la que, como de otras cosas, nunca había conseguido desembarazarse del todo. Pero ahora ya nunca decía obscenidades, y sólo la hería a veces con aquella insobornable sinceridad que siempre la desarmaba.
Seguramente su caballerosidad británica exigiría también levantarse ante ella, pero eso ya no lo intentó. Ni siquiera la galantería le permitía mantenerse mucho tiempo en pide después del trato recibido en poder del Primero.
Buffy se acercó:
- Te he traído comida.
- Gracias. Comeré después.
- Debes de estar hambriento. Tienes que alimentarte.
- Ahora prefiero hablar contigo.
Buffy no insistió. Era evidente que Spike no deseaba ingerir la sangre en su presencia.
Está bien. Te dejo aquí las bolsas – Depositó los dos envases en la mesita junto a la cama para que Spike pudiera beberla en cuanto ella saliera. La luz tenue de una bombilla le llegaba por la izquierda, la parte de su rostro menos desfigurada. El labio roto, la mayoría de los hematomas y su ojo hinchado quedaban a la derecha, en la sombra. Así daba la impresión –falsa desde luego- de que su aspecto era casi normal. Sin embargo bastaban los movimientos inusualmente lentos y lo pausado de su voz para que cualquiera que lo conociera advirtiera la magnitud del castigo. Buffy lo conocía muy bien.
- ¿Has descansado al menos?
- Estoy bien, Buffy.- Pese a sus palabras tranquilizadoras, la muchacha se preguntó cómo podía en su estado decir semejante cosa, como si lo creyera de verdad. Quizás se lo creía de verdad. Spike se sabía ahora a salvo, junto a ella, y eso era todo lo que pedía a la existencia para “estar bien”.
Quizás comprendió que debía ser más convincente y por eso continuó:
- He dormido a ratos, creo. Y me parece que he soñado.
- ¿Pesadillas?
- No. Sólo sueños. Tampoco tenían nada que ver con el Primero. Tranquilízate, estoy bien, de verdad. Pero… es sólo que a veces los sueños y la realidad se me entremezclan y no consigo saber qué es verdad.
- Has tenido fiebre y has estado delirando- confirmó Buffy - pero parece que eso ya acabó.
- Esto sí está pasando, ¿verdad, Buffy? Quiero decir… tú estás aquí ahora conmigo, ¿no? ¿Eres real? Es todo lo que me interesa saber.
- Claro que estoy contigo, Spike.- Conmovida, Buffy acercó su mano a la de él para infundirle seguridad. Quería hacerle percibir su presencia, tan cálida como su contacto sobre la piel fría de Spike.- Claro que soy real. Tu pesadilla terminó.
Él entrelazó sus dedos aristocráticos, fuertes, con los de ella y sonrió mirándola a los ojos pleno de confianza y agradecimiento. La muchacha sintió que era él quien la inundaba de una sensación desconocida de paz.
-Tú me salvaste – musitó Spike.
- Sí.- Buffy apenas acertó a musitar la afirmación mientras sentía el nudo en su garganta. - Llegué un poco tarde.
- Pero me salvaste. – No era la primera vez que insistía en esa frase y Buffy se preguntó si realmente había sorprendido tanto a Spike que volviera por él, si realmente había pensado que lo dejaría abandonado como un sacrificio inevitable en la guerra contra el Primero, como… como había hecho otras veces, como cuando Glory lo capturó y ellos discutían si era mejor acabar con él para que no revelara el secreto de Dawn.- Volviste por mí- repitió con su sonrisa más cálida.
- Tú también regresaste - murmuró Buffy cayendo en la cuenta de aquella otra maravilla. Todos los hombres de su vida la habían abandonado, Angel, Riley, hasta Parker… Incluso su padre y Giles. Todos, desaparecían de su lado, y casi siempre en el momento en que más los necesitaba. Todos se habían marchado, aunque adornaran la deserción de gesto noble. Spike, el rechazado, era el único que había vuelto y que, Buffy estaba segura, nunca la dejaría.
Su expresión debía de haberse vuelto muy sombría o quizás sus pensamientos eran demasiado transparentes para él, porque Spike desdramatizó con un comentario que sonaba levemente a broma de viejos camaradas
- Bueno, no tiene ningún mérito, cazadora.- La expresión de Buffy demostraba bien a las claras que no había entendido lo que quería decir, así que Spike, acompañó su sonrisa de una breve explicación.– Ya no puedo existir lejos de ti.
Buffy bajó la mirada, más entristecida aún.
- No digas eso, Spike.
El vampiro calló. Quizás pensó en decirle que por él estaba bien, que no lamentaba en absoluto esa dependencia que Buffy parecía creer una carga. Sin embargo, era obvio que a ella le dolía el tema, así que se limitó a obedecer y guardó silencio. 
Buffy se acercó un poco más y suavemente le giró la cabeza hacia la luz. Spike se dejó hacer. Sin palabras. La penumbra creaba una sensación de intimidad entre ellos. Buffy examinó en silencio los numerosos cortes y hematomas. Estaban curando con la satisfactoria rapidez que se esperaba de su condición de vampiro, pero aún necesitaría varios días para recuperarse por completo.
- ¿Cómo van las cosas por ahí fuera? –preguntó él.
- En un compás de espera, supongo. Sólo hemos vencido en una pequeña escaramuza y el Primero querrá reorganizarse para no cometer otro error, pero nosotros hemos conseguido un momento de respiro. La moral de las chicas ahora está alta. Son jóvenes. No saben lo que se nos viene encima.
- Y mejor que no lo sepan. Yo... tengo miedo. – Buffy le miró inquisitiva, casi asustada. Spike siguió con su inesperada confesión- Tengo mucho miedo de lo que el Primero pueda hacerme. Mejor dicho, de lo que el Primero pueda obligarme a hacer.
- Eso ya ha acabado, Spike.
- ¿Tú crees? ¿Tú crees, Buffy, que ya no tiene poder sobre mí? – insistió.
- Claro. Si pudiera seguir manipulando tu mente, no te habría torturado. –El argumento improvisado por Buffy sonó medianamente convincente, pero Spike no estaba del todo seguro.
- Ojalá tengas razón. Pero si no es así...
- Si no es así, nos preocuparemos en su momento –le interrumpió Buffy. Sabía lo que Spike le iba a pedir y no se sentía con fuerzas para escucharlo. Sin embargo no le sirvió de mucho la evasiva.
- Te aseguro que no entiendo por qué no me has matado. Debiste hacerlo cuando empecé a ser peligroso. Sigo siéndolo.
- Bueno. Es sencillo: No te he matado porque no puedo hacerlo.– Sus miradas se cruzaron en silencio. En los ojos de Buffy brillaban las lágrimas. En los de Spike una sombra de sorpresa y, luego, una seriedad sobrecogedora. Si iba a decir algo, Buffy lo impidió cambiando drásticamente de tema.
- Tengo que… Giles insiste en que es vital identificar los signos que te han grabado.
- ¿Quieres que me desnude?- Buffy asintió. No la sorprendió la leve vacilación de Spike. Había notado aquel mismo gesto ante las miradas curiosas de las potenciales cuando apareció apoyándose en ella tras ser rescatado. Lo primero que hizo entonces fue taparse y Buffy notó por primera vez en él, habitualmente tan desinhibido, aquel pudor nuevo que rechazaba ser objeto de miradas curiosas. Más que vergüenza parecía una especie de orgulloso reparo, como el deseo de reservarse cierta parcela de dignidad. Era cierto que había cambiado. Muchísimo. Hasta en pequeños detalles como aquel. ¡Quién lo iba a decir del demonio insolente y depravado de meses atrás!
- Si quieres, puedo decirle a Giles que se encargue él…- sugirió.
- No. Me sentiría aun más… “observado”. Y también le incomodaría a él. Contigo al fin y al cabo…
- No hay nada de tu cuerpo que no haya visto ya, Spike- confirmó Buffy.
Spike esbozó una sonrisa ligeramente traviesa.
- Ni yo del tuyo, cazadora.
Los dos se sintieron unidos en el recuerdo un tanto malvado de los viejos tiempos. La complicidad y la simpatía volvió a distender la situación y Buffy se encontró pensando que nunca se había sentido tan cómoda con un hombre como con Spike. A pesar de todo, a pesar de la violencia y de lo que se habían hecho el uno al otro, a pesar de tanto que ambos preferirían olvidar, había familiaridad entre ellos. Quizás porque habían compartido demasiadas cosas, buenas y malas y sus cuerpos se conocían tanto. Habían luchado juntos y uno contra otro, se habían hecho daño y se habían dado placer. Y lo amaba. Buffy se recreó en aquella idea. Amaba el cuerpo de Spike: su ceja partida, sus largas piernas, sus caderas estrechas, el hueco de su clavícula en el lugar exacto donde a ella le gustaba besarle, su nuca donde el recorrido de sus dedos dejaba la tersura de la piel para encontrarse con el pelo corto casi blanco que oponía otra textura más áspera a las caricias. No había un centímetro de su cuerpo que Buffy no conocies. Aunque no lo viera, adivinaba la forma exacta de cada miembro bajo la ropa y recordaba con nitidez las sensaciones que provocaba el cuerpo de Spike en el suyo.
Pero ahora todo era tan distinto. Buffy hizo un esfuerzo para apartar aquellos pensamientos de su mente. Por Spike. Ahora lo respetaba tanto como sabía que él la reverenciaba a ella. Spike jamás la tocaría como antes. No se lo permitía a sí mismo. Y Buffy sentía que ella le debía el mismo respeto.
Él se irguió lentamente y empezó a desabotonar su camisa. Cada movimiento le costaba esfuerzo.
- ¿Te ayudo? –ofreció Buffy.
- No. Aunque tarde más, prefiero hacerlo solo. Por favor.
Cuando se quitó la ropa y apareció ante ella su pobre carne martirizada, algo conmovió el interior de la cazadora. Sí, era el cuerpo que ella recordaba. Pero no esperaba verlo tan maltratado.
Spike estaba ahora en pie. Frente a ella, medio desnudo, humilde, pero con una increíble dignidad.
- ¿Tengo que quitarme también los pantalones? –preguntó.
La voz de Buffy tembló:
- Creo que no.
- Menos mal –musitó Spike, con un asomo de sonrisa.
Buffy, que había empezado a copiar en un bloc los dibujos rituales que surcaban la piel de su torso, lo miró inquisitiva.
- Te parecerá ridículo, pero ahora me da vergüenza estar desnudo ante ti.
Ante la confesión, Buffy se sintió inundada por un gran respeto. En voz muy baja respondió:
- No me parece ridículo.

En parte ella también lo sentía, quizás más incluso que él, aquel azoramiento estúpido que casi hacía temblar sus trazos sobre el papel. Intentó concentrarse en aquellas líneas, sólo una copia de unos dibujos enigmáticos que no eran otra cosa que una pista para la investigación…, objetiva, fríamente; pero al trazo negro del lápiz se le sobreponía el trazo rojo de las cicatrices en la carne blanca de Spike y…ante aquella salvajada no podía conservar su calma. 
Él había retrocedido y se apoyaba ahora contra la mesa. Sus fuerzas flaqueaban, pero su entereza, aquella callada valentía que últimamente irradiaba, permanecía íntegra en la mirada que le dirigía a ella.
Buffy notó que las lágrimas nublaban su vista, la mano dejó caer el lápiz y fue hacia su boca para reprimir un sollozo.
- Oh, Spike…
- No llores, princesa.- él se acercó un paso más y sus dedos secaron las lágrimas sobre sus mejillas.- Me destrozas si te veo llorar.
Lo intentó pero sus sentimientos la vencían y sólo deseaba abrazarse al cuerpo torturado de él y hundir su cabeza en el pecho desnudo de Spike y llorar entre sus brazos y sentir sus manos varoniles acariciando su cabello, consolándola. 
Comprendió que eso reabriría las heridas de él. Las de todo tipo. Así que se apartó un poco y procuró serenarse.
- Ahora estoy a salvo. Tú me has salvado, Buffy. Todo está bien ya. Además, ahora no hay motivo... yo estoy feliz.
A Buffy las lágrimas casi se le convirtieron en una sonrisa desvaída ¿Cómo podía encontrar aquel loco razones para ser feliz? Obviamente, porque los vampiros no podían verse en un espejo. Sacando fuerzas de la tristeza que la invadía, le preguntó con ternura que se sobreponía a la ligerísima ironía de sus palabras:
- ¿Y eso por qué? ¿Se puede saber por qué estás feliz?
- Tengo buenos motivos.
- ¿Me los explicas? –insistió con la paciencia de quien se somete al juego de un niño travieso.
- Mi motivo es que... resistí. Pensé mil veces que no podría soportarlo, que finalmente me hundiría por mucho que quisiera serte leal, porque en el fondo, yo creía que era solo un ser maligno y acabado, pero no fue así. El Primero no pudo quebrar mi voluntad. Y...eso me lleva pensar que igual sí tenías cierta razón para creer en mí. Igual sí soy aún digno de tu confianza.
- Claro que lo eres, Spike –aseguró Buffy en un arranque de ímpetu que contrastó con la quietud y calma de él. Spike tardó en responder, pero Buffy supo que no estaba calibrando qué decir. Simplemente la miraba, saboreaba su presencia, la quietud del instante. Al fin distendió sus labios en una sonrisa tranquila.
- Además de feliz, estoy orgulloso. – Después, su mirada limpia se tiñó de una leve ironía- ¿Es pecado de soberbia, Buffy?
La muchacha sonrió también:
- No.
La había hecho sonreír y, aún más, Spike le había transmitido la confianza del fuerte Spike de antaño, sarcástico, irónico e inquebrantable. Su enemigo, su rival, su amigo, su amante. Habían compartido demasiadas cosas para que no sintiera a Spike como parte de su vida. La parte que cada vez sentía más como la única que de verdad le importaba. Fuerte, valiente, generoso Spike, convertido ahora en poco más que un guiñapo, una pobre marioneta con cuyo cuerpo y cuya mente el Primero se divertía jugando. Apenas una pieza prescindible en el tablero donde fuerzas más poderosas se disputaban el poder. Vulnerable, herido, lleno de dolor y confusión ... y más fuerte que ninguno de ellos.
Buffy le miró con cariño mientras se guardaba el lápiz y el bloc donde había dibujado los signos cabalísticos que surcaban el pecho y el estómago del vampiro. Le tendió su camisa.
-Puedes vestirte ya.

Mientras le miraba en silencio, sin atreverse a ayudarle, Buffy lo miraba llena de piedad. Y de una nueva admiración. Los gestos de Spike, antes siempre impetuoso, eran ahora pausados, demorados. Seguramente se debía a la extenuación de su cuerpo que convertía el menor movimiento en un esfuerzo. Pero a veces Buffy pensaba que era algo más, algo inmaterial que impregnaba cada acto del vampiro. Espiritual.
Desde que lo había traído de regreso, no podía ver a Spike sin sentirse conmovida. La conmovía el estado deplorable a que lo veía reducido, su agotamiento extremo, los días de tortura en soledad que había soportado, pero sobre todo la conmovía él, aquella paz nueva que irradiaba, su sonrisa confiada y serena, su voz ya nunca airada, aquella sensación de que tanto sufrimiento acumulado le había dado una fuerza desconocida. A veces le parecía que Spike ya no era uno de ellos. Se había situado en un territorio inalcanzable donde el dolor, la locura, el sufrimiento físico y mental, lo habían aquilatado moldeándolo de nuevo y dotándolo de una calidad superior. El sufrimiento seguía hiriéndole, por supuesto; le hacía quizás más daño que a nadie, pero él reaccionaba de forma distinta. Quizás era la certidumbre de que muy cosas ya eran importantes para él. En realidad, una sola, ella, Buffy. Buffy podía notarlo con total claridad: Spike era como un acero forjado a fuego y golpes. Se había liberado de todas sus impurezas y ahora refulgía con una luz nueva.
- Parece que no me has visto nunca- comentó Spike al percatarse de la atención con que lo observaba Buffy.
- Sí, algo de eso me pasa –reconoció la muchacha- Creo que nunca te he visto en realidad.
- ¿No sabes qué es un vampiro, cazadora? –bromeó él.
- Un vampiro. Sólo un vampiro. Nada más. Es lo que yo te lo he dicho tantas veces en el pasado, que no eras un hombre…, que no podías cambiar... que tu esencia era la maldad. Ahora sin embargo veo con perfecta claridad lo que eres, Spike. Lo que has hecho. En qué te has convertido.
- ¿En una piltrafa? –ironizó Spike para quitar hierro a una situación que se estaba poniendo demasiado íntima y Buffy no pudo sino responder con una sonrisa a su broma.
- En una piltrafa con sentido del humor. No, en serio, Spike, tú eres el verdadero héroe. A tu lado, yo…yo sólo tengo fuerza.
Spike rió como si acabaran de contarle un disparate muy gracioso.
- No es cierto. Aunque gracias.
Buffy no insistió, pero nada iba a disuadirla de su opinión. A su lado ella se sentía frágil y poco importante. A su lado, no valía nada. Y sin embargo él la miraba con aquella veneración, como si fuera la mujer más valiente y luminosa sobre la tierra sin percatarse de que el verdadero valor estaba en él y que era en él donde ella encontraba su fuerza.

Era curioso lo equivocado que podía estar en ocasiones Spike, sobre todo teniendo en cuenta lo perspicaz que era en otras. Se equivocaba tanto en su apreciación de sí mismo, como acertaba con los demás. Había otra cosa en la que tampoco acertaba, creía Buffy.
Recordaba que siendo niña habían ido toda la familia al campo. Bueno, Dawn seguro que no, pero ella lo recordaba así. Habían encendido una hoguera para hacer una barbacoa. Sus padres se fueron a dar un pequeño paseo y cuando regresaron, Buffy estaba desolada: La habían dejado encargada de cuidar y alimentar el fuego, pero no había sabido hacerlo. Echó toda la leña demasiado pronto y cuando sus padres regresaron, de la hoguera sólo quedaban unos pocos troncos carbonizados.
O eso creía ella. Su padre, la tomó en brazos y la consoló diciéndole que no se preocupara. Según él, aquellos rescoldos aparentemente muertos eran el momento perfecto de su fuego. Tenía razón, con habilidad insospechada, Hank Summers consiguió revivir unas chispas de las ascuas y poco después el fuego resurgía poderoso desprendiendo un calor mucho más intenso que antes.


Un día ya lejano, Spike le había dicho que el amor era apasionado y vibrante, como un incendio que todo lo consume. Seguro que pensaba que aquel incendio de pasión que había dominado a Buffy un año atrás se había consumido por completo y ya sólo quedaban cenizas frías. Buffy lo notaba en su mirada dolorida, pero… ella empezaba a pensar algo muy distinto. Sí, había desaparecido el fogonazo de pasión destructora, no desde luego el deseo, pero en las ascuas quedaba el fuego escondido. Una incandescencia callada, pero más persistente y caliente que la llamarada efímera que antes los había abrasado. Ese fuego era el auténtico, como la esencia que un alquimista sublima en el crisol. Y era mucho más verdadero y poderoso que el anterior. Buffy lo sentía, calmo, puro, capaz de prender de nuevo la hoguera. Sonrió. A Buffy aquel amor nuevo y tranquilo le empezaba a parecer la felicidad más envidiable.

Una felicidad que no se atrevía a rozar. Aún no. Sabía que Spike la amaba más que a su propia existencia, pero ella no estaba segura. Sus sentimientos siempre le habían sido un pozo de confusión y temía volver a equivocarse. ¿Y si todo se desmoronaba? ¿Y si sólo era otro espejismo? ¿Si volvían a hacerse daño? ¡Ellos eran verdaderos especialistas en destrozarse mutuamente! Temía sufrir de nuevo. Y, sobre todo, no podía de nuevo hacerle sufrir a él.
Recordó aquella vez que prácticamente la había echado de su cripta. Y recordó también la primera vez que lo reencontró enloquecido en el sótano del instituto y dispuesto a “servirla”. Siempre había sido ella quien imponía su voluntad, quien había usado y abusado del cuerpo de Spike, considerándolo eso, sólo un cuerpo. Ese mismo pobre cuerpo torturado por su causa y que albergaba un alma tan preciosa, embellecida por el sufrimiento y… por el amor. Sí, era mil veces mejor que ella. 

Spike se dirigió despacio hacia su cama y se sentó en el borde. Al hacerlo, se llevó una mano al costado y un rictus de dolor curvó durante un segundo sus labios.
- ¿Te duele mucho?- preguntó la muchacha.
- El dolor fuerte ya ha pasado.
Buffy comprendió que aquello era una hábil evasiva para no mentir con una negación.
-¿Y los demás dolores?- insistió con suavidad. Spike bajó la mirada.

- Si te refieres a las heridas del Primero, no van a desaparecer de la noche a la mañana, pero están curando.
- No, no me refiero a eso.
Spike debió de entender que no le iba a dejar escapatoria, pero aún así, tampoco claudicó por completo.
- Lo del alma está siempre ahí. Recordándome cada segundo todos mis errores.- Rectificó:- Errores es una palabra muy suave. Quiero decir mis pecados. Mis crímenes. – Tras una ligera pausa, Spike se atrevió a una completa sinceridad: A veces pienso que… habría sido mucho más fácil no ir por ella. Era más sencillo cuando no la sentía en mí. Es una tortura constante y, en realidad, no me sirve para lo que yo la quería. Pero eso debí imaginarlo antes. La voluntad de otra persona no se puede torcer sólo con adquirir la conciencia de crímenes atroces. Eso sólo hace más difícil la renuncia.
Fue ahora Buffy la que sintió vértigo del abismo que Spike abría a sus pies.
esvió un poco su pregunta hacia un punto quizás no menos trascendental

Renuncia. Sabía que Spike había renunciado. En su fuero interno el vampiro siempre la había sabido inalcanzable. Como seguramente también pensaba antes de acostarse juntos. Pero el hecho es que había acabado en su cama. Ahora él volvía a sentirse indigno. Tanto que jamás daría un paso hacia ella, a pesar de que, Buffy lo sentía, quizás la amaba más que nunca. Los sentimientos de Spike eran claros. Él nunca los había ocultado. Inalcanzable, inaccesible. Buffy no pudo evitar preguntarse si ella pensaba lo mismo. E inmediatamente lo borró de su mente porque era algo que no se sentía capaz de encarar. Al menos en voz alta.
- ¿Te arrepientes entonces de haber buscado tu alma?
- No –negó con rotundidad.- Por supuesto que no. Nunca. Me enorgullezco de eso. Si es que tengo algún motivo de orgullo en mi existencia, tiene que ser ése. Sé lo que vale. Ahora jamás renunciaría a ella. Pero… a veces… me siento tan… agotado. Veo que mi existencia no tiene mucho sentido. Sólo puedo esperar sufrimiento y… a veces deseo que el sufrimiento cese ya.
- ¡Spike…!
- Si supiera que mi vida sirve de algo...
- Yo te necesito.
- No. Tú no necesitas a nadie, Buffy. Eres tan fuerte.
- Te equivocas…
- Más que ayuda, últimamente soy un problema.
- No es tu ayuda lo que necesito, Spike, sino– Con la emoción en la garganta, buscó una palabra que sí pudiera pronunciar- … tu amistad.
En los ojos azules de Spike Buffy pudo leer la firme promesa, tanto como en sus palabras:
- Esa la tendrás siempre.
El silencio volvió a instalarse entre ellos.
amistad. Buffy, que tanto se había apoyado siempre en sus amigos, sentía que Spike era su amigo más verdadero, el único de quien ya nunca dudaría. Sólo que tenía la sensación de que la palabra no era la correcta. En su caso al menos, la empleaba porque tenía miedo de acudir a otras.


- Bueno, ya nos hemos puesto bastante dramáticos, ¿no? – Volvió a ser Spike quien los regresara a la realidad- Y, aunque lo lamento mucho, supongo que tendrás que irte.
- ¿Me estás echando?
- ¡Claro que no! Te secuestraría si pudiera, pero seguro que las potenciales te esperan.
- A quien les gustaría esperar sería a ti. En vez de una líder gruñona, babean por un guapo chico como tú.
La risa de Spike fue como la bendición del agua de verano en un arroyo.
- ¿No te has burlado ya bastante de mí, Buffy?
Buffy rió, pero no le llevó la contraria. Seguro que Spike no le habría creído, y, sin embargo, ella estaba segura de que había bastante verdad en su broma. Bastaba con tener ojos en la cara y saber los efectos que podía tener sobre un grupo de adolescentes encerradas día y noche, la belleza de su cuerpo varonil, su magnetismo animal y la aureola de misterio y peligro que rodeaba a Spike. “Pero preferiría quedarme sin una sola de las potenciales antes que permitir que alguna de ellas… Le sacaría los ojos con las uñas, como en la mejor tradición femenina.” Buffy no lo dijo en alto.
- ¿Por qué no duermes otro poco, Spike?
- Después.
- ¿Todo es siempre para después?- le recriminó Buffy con la dulzura de una madre a su hijo que pospone hacer la tarea escolar.
- Sí.- sonrió él.- Después tendré un montón de tiempo para dormir o no hacer nada. Ahora prefiero estar contigo.
- Pero tienes que estar agotado. Debes descansar.
- ¿Tienes que irte ya, verdad? –preguntó comprendiendo que quizás la estaba reteniendo en exceso.
- No. Puedo quedarme junto a ti. Pero debes recuperar fuerzas. – Spike iba a empezar otra evasiva, pero Buffy lo interrumpió ofreciéndole de pronto:-Si quieres, me quedaré mientras duermes.
Spike la miró conmovido. La tentación era demasiado fuerte.
- Tendrás miles de cosas que hacer…
- Ninguna tan importante como estar contigo.
Buffy se sentó junto a él en el lecho. Con suavidad, le invitó.
- Túmbate.
Spike obedeció sumiso. Colocó su cabeza sobre las piernas femeninas.
- Duerme…
- Esto …debe de ser algo parecido a la felicidad -musitó él mientras sentía la mano de la muchacha acariciándole suavemente el pelo.
- Duerme…- repitió ella.
Tardó poco tiempo en caer rendido en un sueño tranquilo. Uno de sus brazos abrazaba las rodillas de Buffy, el otro se ocupaba en mantener cogida la mano izquierda de la joven, mientras su derecha seguía su imperceptible caricia enredada entre los cabellos platino.
- Sí, algo parecido a la felicidad -ratificó Buffy, cuando él ya no la oía
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